|
|
 |
 |
Era
muy tarde y caminaba por la cornisa.
No es que quisiera hacerlo o que lo hubiera
buscado a propósito, tampoco nadie lo había obligado
ni invitado.
Simplemente caminaba a cientos de metros de
altura por la cornisa, loco, ciego, envenenado de amor por esa
raya filosa y negra.
El límite. Todo lo que llega al límite
termina atravesándolo.
Y por un instante pisó el vacío
y cayó y cayó.
Destrozó el aire en su viaje y su alma
en el suelo.
Quienes escucharon el estrépito lo
definieron como el ruido amplificado de una lágrima que
cae sobre el terciopelo y no se halla jamás.
Pero él se puso de pié y se
hechó a caminar dentro de la noche.
¿Quién le hubiera dicho a alguien
tan aturdido que estaba muerto? |
|
|